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C.D. Adrián Raúl García
Gama.
Especialista en Ortodoncia y Ortopedia Maxilar.
Miembro de la Federación Mundial de Ortodoncistas
(W.F.O.)
Actualmente, y en aras
de un mejor y cada vez más eficaz desempeño
de esta especialidad, la práctica de la ortodoncia
requiere auxiliares diagnósticos más completos
y, al mismo tiempo, más simplificados, con el fin de
poder abordar de una manera más objetiva los problemas
esqueléticos y dentales. En este sentido, y sin duda
alguna, uno de los recursos diagnósticos más
utilizados hoy por hoy es la cefalometría.
Desde la perspectiva, resulta imperativo reconocer que los
análisis cefalométricos que se han utilizado
hasta nuestros días han presentado grandes diferencias.
Así, algunos resultan ser tan simples que incluso se
consideran complementarios. En cambio, otros son muy complejos,
ya que incluyen una cantidad excesiva de puntos cefalométricos,
así como tal diversidad de planos y ángulos
que pueden llegar a crear confusiones aun en el clínico
más versado en la materia.
Así mismo, algunos análisis cefalométricos
gozan de una mayor popularidad de acuerdo a las tendencias
y a la especialidad del profesionista que requiere: ortodoncista,
ortopedista, o cirujano maxilofacial. De tal manera, que esta
situación crea diferencias muy marcadas en la forma
de llegar a establecer un diagnóstico. Sobre todo considerando
que algunos análisis se enfocan más en los cambios
esqueletales, otros en los dentales y otros más en
los tejidos blandos. No obstante, se reconoce también
que también existen unas similitudes entre dichos análisis
y que estas pueden llegar a ser constantes para lograr establecer
el diagnóstico. Así, por ejemplo, encontramos
puntos de referencia como el Nasion, el punto A, el punto
pogonion, el plano dentario y el eje facial, entre otros.
Además, la mayoría de los análisis cefalométricos
completos tiene un enfoque basocraneal como referencia de
las tendencias faciales, la relación maxilo-mandibular,
las características faciales de cada paciente, las
distintas posiciones dentales, el perfil de los tejidos blandos
y, por lo tanto, el origen de una alteración determinada.
De la misma manera, otros análisis estudian el equilibrio
estructural de la cara y del cráneo, así como
de sus proporciones. Mientras que algunos otros, la minoría,
estudian los cambios dentoalveolares y máxilo-mandibulares
como su principal objetivo (Figura 1). Sin embargo un enfoque
medular de la mayoría de los análisis cefalométricos
lo constituye el de la ubicación, proporción,
tamaño, rotación, dirección de crecimiento,
forma, simetría, etc., de la mandíbula. Todo
esto toma una importancia desmesurada, lo cual no significa,
que no la tenga, sino únicamente es que puede “bloquear”
toda la atención del especialista hacia el resto de
la cara, dejando olvidado, principalmente al maxilar superior.
Desde esta perspectiva, el maxilar superior no reviste la
importancia que debería o, cuando menos, la igualdad
diagnóstica necesaria. Así parecería
que la mandíbula, por ser móvil, activa en la
masticación, ejecuta movimientos de lateralidad y protusión,
entre otras muchísimas funciones; es más responsable
que el maxilar de las alteraciones que se presentan en un
paciente en particular.
Esto ocurre a pesar de que, desde un punto de vista objetivo
y neutral, el maxilar se considera como el más responsable
de las discrepancias, debido a que es un hueso pluriarticular,
que forma el tercio medio facial, que está íntimamente
ligado a las estructuras craneales y faciales, que es fundamental
en el crecimiento sagital y vertical de la cara, que trabaja
conjuntamente con la nariz, participando en la respiración
y en la fonación, amortigua el peso del cráneo,
forma parte de la órbita, de los huesos propios de
la nariz, del pómulo, alberga numerosas zonas de inserción
muscular, de orificios que relacionan órganos y otras
estructuras anatómicas, dirige el macizo facial, define
particularmente la estética de la cara y el perfil,
etcétera, entre muchas otras funciones y participaciones.
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Odontología
Actual Año 3 Num.30 octubre 2005
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